NoduloDocumentos nódulo
nodulo.net/dn/

cubierta

¿Qué pasa? Semanario independiente

año 11, número 525 · Madrid, 19 enero 1974 · 20 páginas

 

Carta al Excmo. Señor Presidente don Luis Carrero Blanco-Eternidad

Por Miguel Oltra, O.F.M.

Excmo. Sr. y distinguido amigo: Estaba redactando para S E. la felicitación navideña, como todos los años, y una voz amiga me anuncia, por teléfono, el trágico asesinato de S.E. Me quedé pegado a la silla: no podía ni quería creerlo; pero, desgraciadamente, era verdad. He dejado pasar unos dias para escribirle esta carta, con serenidad cristiana y sin enérgica reacción de los que no tenemos el corazón de corcho.

Lo que pretendía decirle en mi «Chtrisma» era muy sencillo, sin ser rutinario. Le deseaba, señor Almirante, ante las fiestas que se aproximaban, que, «dejados los quehaceres ordinarios, encontrase el momento de la intimidad ante el Niño Jesús, tan cercano a nosotros en su Nacimiento». Pero el Señor, en cuyas manos está nuestra vida, no quiso que S. E. celebrase las Navidades con nosotros, sino que nos contemplase desde el Cielo con la sonrisa del que empieza una nueva tarea más efectiva para España, velando desde la Eternidad por su bienestar y proyección espiritual. Su rostro, cansado de tanto bregar por la Patria en este Valle de lágrimas, había terminado.

Desde su partida, señor Presidente, han sucedido muchas cosas que S.E., con ojos sobrenaturales, habrá contemplado y valorado justamante. Al decir a los amigos que quería escribirle a la Eternidad me han mirado con extrañeza. dudando llegase a su destinatario. Cuando les explico el sentido cristiano de la muerte, se convencen de que si, que llega la carta y todos quisiéramos estrechar su mano. El gran error del enemigo consiste en marginar el poder y la eficacia de los que «nos precedieron con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz». Para nosotros también cuentan los muertos. Instintivamente, nuestro puebio español comparó el sacrificio de la muerte de S. E. con la muerte del primer mártir de la Cruzada, Calvo Sotelo; del vietnamita Diem o del ecuatoriano García Moreno... Con todos ellos se habrá ya encontrado el señor Presidente y se habrán dado el abrazo católico cordial por haber muerto al servicio de causas tan nobles, en nuestro caso, al servicio de España. Estoy seguro de que, en el andén de final de trayecto de la Eternidad, estaría esperándole el general Luburic con lo españoles de la Cruzada. Recuerdo que, en cierta ocasión, y después de una conversación de alto nivel, S.E. le dijo a Luburic: «Mi querido general, ni usted ni yo moriremos en la cama.» A lo que contestó el general croata: «En mi tierra no es problema el morir, sino el vivir.»

Como ya no es posible herir su modestia, le digo al señor Presidente que fue un héroe del silencio, sin vistosidad publicitaria. Pero el Señor ha querido que su muerte se revistiera de trágica publicidad. Su alma estaba preparada después de la Santa Misa y de la recepción de la Sagrada Eucaristía. Sin saberlo, pero prepa rado para la partida, respiraba S. E. en la Iglesia su última hora. Cristo estaba todavía golpeando a su corazón cuando le sobrevino la muerte en circunstancias trágicas, viéndose obligado a improvisar el encuentro con Dios, pero sin miedos, por aquello de que «mi vida acabe y mi vivir ordene», y era el Señor quien todo lo ordenaba.

Mi querido amigo: hubiese deseado que la frase que S. E. escribió a un señor obispo se hubiese publicado antes: Sepa, señor obispo, que antes que Presidente del Gobierno de España soy católico.» S.E. señor Almirante, amaba la vida como todo mortal, pero con serenidad, sin exageraciones ni locuras. Estaba convencido que lo Eterno es lo único que prueba y vale la pena.

Estuve en la Presidencia para rezar y no pude ver su cadáver. Era imposible, y no localicé a algunos de sus amigos que me diera paso libre. Me resigné a rezar en particular y a recordarle en la santa misa. Pero la pesadilla de su muerte se cierne sobre el cielo madrileño... Créame, mi Almirante, nos ha dejado muy solos. Nunca pude aceptar la frase de Becquer, y ahora menos: «que solos se quedan los muertos.» No es verdad, porque la muerte es la soledad que queda de una compañía que se tuvo. Lucio del Alamo ha sabido grabar en dos palabras la trascendencia de su muerte, cuando al final de un admirable articulo en «El Alcázar» dice: ...y anochece en los cristales; al pie de la ventana se alzan ¡as voces de unos niños que juegan y ríen... para que esa risa no se quiebre en amargura, ha muerto un español, Don Luis Carrero Blanco.

Mi querido amigo: hemos pasado días sin flores, sin alegría, sin colores ni perfumes. Digo mal: conservamos y conservaremos el perfume del ejemplo de su vida de servicio, para que su tumba no sea tumba, sino un templo. La muerte, mi Almirante, ha sido el último servicio que S.E. prestó a España en este «Valle de lágrimas». Ahora, desde la Eternidad, ejerza sus buenos servicios ante el Señor para que España, erguida, siga andando... Y la paz con todos.

 
© nodulo.net