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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 10, número 507 · Madrid, 15 septiembre 1973 · 20 páginas

 

En todas partes cuecen habas... ¡Vean en Chile!

Por Petrus, Sacerdos Christi

Creo que deben de quedar pocas personas que ignoren la felicidad en que viven sumergidos los súbditos chilenos, desde el «momento feliz» en que, gracias al «pucherazo» que ahora se ha descubierto del acreditado «SUFRAGIO UNIVERSAL», y con ayuda y bendición de las altas jerarquías de la Iglesia que, además, celebraron el éxito del triunfo de sus ideales, con el canto triunfalista de un «Te Deum». Tengo a la vista el diario chileno «El Mercurio», de fecha 12 de agosto del presente año 1973, y en su página 12 trae un artículo firmado por el señor Patricio Silva Riestra, que, por cierto, es un buen amigo del autor del presente articulo y le visitó recientemente, por el cual se demuestra, hasta la evidencia, que los señores «progresistas» han progresado tanto en su actuación, que no hacen más que repetirse, con una monotonía fatigante y que, en los lugares más distantes de la geografía, cuales son España y Chile, obran, hablan y se comportan de la misma manera y consiguen, a la postre, los mismos resultados. Lo malo es que, ni en vista de los «éxitos» estruendosos que consiguen, ninguno de los encumbrandos se retira, ni entre los políticos ni entre los religiosos. Antes había, por lo menos, el pudor de dejar el paso a otros cuando se fracasaba. Ahora, no. Véase, en lo político, a un Castro y a un Allende. Y en el terreno religioso puede escoger cada uno los ejemplos que le parezca.

Pero pasemos ya a transcribir el artículo de referencia y sea el autor chileno el que escriba por mí:

«¿LA IGLESIA CATÓLICA EN CRISIS?

«No sé si los católicos se han dado cuenta, de una manera cabal, de la tremenda abominación en que está sumergida la Santa Iglesia Católica. Un hecho es cierto, que, bajo cualquier aspecto que se mire la doctrina católica, se llega a la conclusión de que, en el orden temporal, la doctrina católica es la única verdadera, permanente, inalterable e irreformable. Siendo esto así, también nos damos cuenta de que la revolución, en la Iglesia Católica, es de una negativa de inmensa importancia y un avance, dentro de ella misma, de sus propios enemigos, por haber conseguido recluir en el orden privado y personal sus creencias, y con esta limitación privar conscientemente a Cristo Rey de su derecho indiscutible de orientar la vida espiritual y social de los pueblos, y asi, Dios nos hace ver que Él sigue enseñándonos cuál es el camino seguro de la paz y prosperidad, que no tenemos allí donde la sociedad ha dejado de ser cristiana y, por lo tanto, desligada de ese orden temporal que la doctrina católica implica. Es por esto que los caque, ante nuestra vista, suceden y luego archivarlos, «dejando hacer», sin impedir que los dogmas sean atacados, incluso desde el interior de la misma Iglesia. Con todo, no es cosa de asombrarse de la proscripción de los veinticinco cardenales, a los que se ha excluido del futuro Cónclave, con pretexto de la edad. Tampoco hay que asombrarse de que el «soplo del espíritu», la «nueva era de la Iglesia», la «renovación y la actualización», se hayan empeñado, primero en tolerar y, a continuación, en proclamar el optimismo más injustificado, por los frutos del reformismo presente, para justificar, con esta actitud de reformismo constante, la teoría de que ya no son operantes las condenaciones, ni siquiera la disciplina canónica más elemental. Es así como contemplamos que los templos, CASAS DE DIOS, se conviertan en lugares de concentración para la protesta y la actitud subversiva. Es así como aparece, en esta hora de tenebrante dolor que nos ha tocado vivir, la abominación desoladora de que nos habla Daniel. Porque hemos sido testigos de la pasividad escandalosa ante el Cisma holandés, la demolición del Santo Oficio, que era la muralla de granito donde se estrellaban los embates de los demoledores; hemos sido testigos de la derogación del juramento antimodernista para los sacerdotes: también hemos tenido que presenciar la despiadada destrucción de los tesoros litúrgicos; hemos sido testigos de la «luceranización» de la santa misa, del sacramento del bautismo, del homenaje a Lutero, de la destrucción de la vida religiosa, del constante nombramiento para obispo de sacerdotes jóvenes «de la nueva ola». Estamos en la abominación del lugar santo, con el nuevo «arrianismo», que nos ha sido impuesto, tan cautelosamente que pocos sacerdotes lo han captado. Yo no soy sacerdote; pero fui uno de los primeros que levanté la voz para protestar por la forma como obligan a los fieles a recitar el Credo. El altar ha sido sustituido por la mesa del ágape comunitario, para en vez de comunicar con Dios, para que puedan los que antes actuaban como sacerdotes presidir la «asamblea», que lo es todo, y dar máxima importancia a la «liturgia de la palabra», aunque convertida en charlatanismo sociológico, en vez de medio de llevar a los fieles la verdadera Palabra de Dios. También nos han hecho testigos de cómo convierten a los fieles católicos en herejes, en forma tan declarada que parece que ignoraran que, en el Concilio Ecuménico de Nicea, fueron condenados, como heréticas, las palabras DE LA MISMA NATURALEZA que el Padre. La fórmula aprobada fue CONSUBSTANCIAL CON EL PADRE. Asimismo, hemos sido testigos de cómo, al principio de la misa, se confiesan con los hermanos en vez de confesarse a Dios, por medio de la Virgen Santísima y de los santos, amigos de Dios.

Han aprovechado su tiempo, mientras los pastores dormían, y, ahora, a la vista está el «nuevo arrianismo», que proclama que Cristo no es Dios. Que el bautismo es simplemente protestante; que la extremaunción ha pasado a ser la «unción» p ñ «sacramento de la tercera edad»; ya no existe el matrimonio, que es, ahora, la «celebración del amor». La Santísima eucaristía es, al presente, el «ágape comunitario». Todo esto nos indica que la Iglesia católica está en crisis. Y sólo la oración, la penitencia y la vuelta a la tradición pueden defenderla del arrianismo, que pretende su destrucción interna, en combinación con los agentes clericales comunistas, infiltrados en ella. Hay una esperanza: la vuelta a la Misa Tridentina, Latina, de San Pío V, y a la verdadera devoción a María Santísima, Señora del mundo y Corredentora del género humano, a la vez que Medianera Universal de todas las gracias. Es indispensable que el mundo medite el contenido de las revelaciones trascendentales de Lourdes, de Fátima, y no citamos otras sobre las cuales no se ha pronunciado aún la Iglesia Santa. Y también tendría que ser objeto de meditación el Apocalipsis de San Juan.

Es la Iglesia obra divina, que perdurará por los siglos de los siglos, según divina promesa: «Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos...» «Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.»

Patricio J. Silva Riesco.»

Este es el contenido del artículo, que puede aplicarse a cualquier país. También a España. La orientación, los procedimientos y los resultado son, en todas partes, los mismos. La única diferencia consiste en el espacio de tiempo que ha de transcurrir en cada país para llegar a los mismos resultados. Y para que los que han facilitado el triunfo de los enemigos de Dios y del género humano, se encuentren a nuestro lado víctimas de los mismos verdugos que fueron sus aliados y amigos. «Que no es necesario el traidor... siendo la traición pasada.»

 
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