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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 10, número 483 · Madrid, 31 marzo 1973 · 20 páginas

 

Hacia el dominio mundial

Por Antonio Pacios, M.S.C.

Uno de los signos de los tiempos en que quizá menos reparamos, por disfrazarse bajo múltiples nacionalidades y patrias más bien, aparentemente diferentes, y no menos aparentemente independientes, es el desarrollo, e incluso actuación no por oculta menos eficaz, de un Poder mundial único y secreto, que parece mover cada vez más a su antojo los diferentes poderes visiblemente aparentes, cual si fueran muñecos sin posibilidad de resistencia.

No es menester decir que ese signo nos anuncia al Anticristo, cuyo poder universal manifiesto prepara. Y con el Anticristo, la persecución sangrienta más grave que espera al resto que aún queda de la Iglesia —el Israel espiritual, el verdadero resto de Israel, que lleva traza de convertirse en resto o reliquia— y la rápida aniquilación del Anticristo y de sus seguidores, que llevará consigo una ruina de la humanidad que sólo en el diluvio podrá hallar parangón —«como en los dias de Noé», nos dice el mismo Jesús—: catástrofe que, como la del diluvio, encontrará a la humanidad reunida bajo un solo poder e ideología y, por lo mismo, alcanzará máxima universalidad.

La eficacia y continuo incremento de ese poder no es fácil de detectar, precisamente por obrar tras bastidores. Aunque sólo ella explica la universalidad de las campañas destructoras de toda idea y moral cristiana e incluso natural. Piénsese, por vía de ejemplo, cuando tanto se nos habla de los derechos del hombre y de la sacralidad de la vida humana— en la legalización creciente del aborto —que siega más vidas en un solo año que las que destruyeron todas las guerras de este siglo- o la machacona insistencia en introducir el divorcio incluso entre los católicos —con manifiesto desprecio de los derechos de la prole—. sólo teniendo en cuenta la actuación de ese poder —maravilloso instrumento de Satanás—, puede igualmente entenderse la organización y unidad maraviloosa y la eficacia creciente de la autodemolición dentro de la Iglesia.

Pero a veces saltan detalles reveladores, episodios pequeños, que nos hacen entender a los que también somos pequeños. De la última temporada enumeraré tres, que someto al examen del lector.

El primero: Los olímpicos de Munich. Aparentemente, a los del «Septiembre Negro» se les dio toda clase de facilidades para capturar al equipo israelita. ¿Quién hizo que se les dieran? Y ya capturados, se organizó la matanza masiva, cuando pudieron salvar su vida y acabar en un rapto sin consecuencias —como el de tantos aviones—. ¿Quién la organizó o tuvo interés eficaz en que se hiciera? Ciertamente, no los secuestradores. Consecuencia: Represalias masivas —con muerte de muchos inocentes, que no creemos consolara gran cosa ni a los muertos en Munich ni a sus familiares— y recrudecimiento de la animosidad en el Próximo Oriente. Detalle curioso: Todo lo de Munich, con sus consecuencias, ocurrió precisamente cuando los ánimos de ambos bandos se estaban dulcificando y todo hacia presagiar la deseada obtención de una paz duradera.

El segundo. Recientemente, acabada la guerra de Vietnam —lo de acabada es un puro eufemismo, al menos para los probres vietnamitas—, Nixon anunció su propósito de dirigir todos sus esfuerzos a lograr la paz en el Próximo Oriente. Árabes e israelíes se las prometían felices, miraban esperanzados la posible paz, y se relajó la tensión. Y precisamente entonces viene la destrucción del avión libio con la muerte de un centenar de pasajeros, para que los ánimos nuevamente se encendiesen, y la esperanza de paz se retrasase sine die. ¿Quién tiene interés en desbaratar toda posibilidad de paz cuando ésta se presenta? Estamos seguros que, tanto el pueblo israelí como el árabe, desean ardientemente la paz —no hay pueblo que no la desee, aunque, naturalmente, cada uno quiera salir de ella favorecido—. Por lo mismo, ni el pueblo israeli ni el árabe pueden desear, como por principio, romper toda posibilidad de negociación de paz cuando ésta se presenta visible en el horizonte —otra cosa seria que, comenzadas las negociaciones, no acaban de entenderse—, Es, pues, evidente que hay un poder secreto interesado, al menos hoy por hoy, en evitar todo inicio de negociación seria, en mantener el estado de guerra en el Próximo Oriente, y un poder eficaz que tiene recursos para imponer su deseo dondequiera que sea y en el momento que sea.

El tercero: Todos recordamos la campaña masiva, ampliamente orquestada por la prensa —y todavía en marcha—, contra la compañía o sociedad lechera española más importante. Y las multas que se la han impuesto suponen cerca del 80 por 100 de todas las impuestas a los falsificadores de productos. La falsificación: añadir una o dos cucharadas de agua a cada litro de leche —cosa que hacían todas las lecheras—. Simultáneamente, campaña de exhortación para tomar leche en polvo --que yo. personalmente, apenas si podía tragar, cuando escaseaba la ctrt>— o leche condensada —cuando todos saben que si toman ésta con dulzura normal más de la mitad es agua, y si quieren de verctad leche han de tomarla almibarada, y entonces sale mucho más cara, a más de no apta a la mayoría de los paladares—. Consecuencia: la más importante sociedad lechera española al borde de la quiebra —en la que no tardarían en seguirla las demás sociedades lecheras españolas, ya no poco perjudicadas en sus ventas por la propaganda desatada en esta ocasión contra la leche natural—; los productores sin poder vender su leche ...y finalmente, el copo de toda la industria lechera española por compañías de capital internacional, que la comprarán entonces al precio que quieran, y la dosificarán en la forma y proporción que les plazca, sin que nadie pueda rechistarles porque sería enfrentarse al poder mundial. Sabido es que el capital internacional no tiene patria, y que es uno de los principales instrumentos de dominio de ese Poder, mucho más de lo que uno suele pensarse .. Y da la casualidad de que las principales sociedades de leche en polvo y condensada están en manos de ese capital internacional. Por la boca muere el pez: cuando hasta los alimentos más esenciales los hayamos de recibir del Poder oculto internacional es evidente que no podremos menos de ser sus esclavos.

Naturalmente, nada más lejos de nosotros que el pretender dar juicio sobre el problema legal. Sólo aducimos este episodio como un botón más de muestra del poderío de ese Poder para ir dominando gradualmente todo, incluso lo que cada día nos llevamos a la boca. Y sabemos que no es más que un botón de muestra: economistas hemos oído —pero nuestra competencia es nula para valorar debidamente sus palabras— que nos han hablado de la sagacidad y eficacia con que se van apoderando de todo, mediante hombres-paja, espléndidamente pagados, que vayan haciendo la entrega a escondidas. Quizá las patrias conserven todavía el terreno —hasta cuándo, no lo sabemos, pues hemos leído no hace mucho que incluso éste va cayendo en USA en manos de compañías anónimas—; pero el mundo que hoy aún se llama libre ya no suele tener otra vía de salida para los productos de ese terreno que la de entregarlo a ese Poder mundial, o resignarse a destruir —cuando la ley se lo permite, cosa que no suele por razón de bien común— lo que no puede comer.

 
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