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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 10, número 482 · Madrid, 24 marzo 1973 · 20 páginas

 

El liberalismo es pecado, y también a escala internacional

Por P. Echániz

Es el liberalismo una suma de errores filosóficos y teológicos, entre los cuales hay uno político, que consiste en desvincular al Estado de la Religión de tal manera que no acepte las enseñanzas de ésta y se inspire únicamente en el sufragio universal. No tiene el estado liberal afición a distinguir entre el bien y el mal, la verdad y el error, porque, como decía Dostowiesky: «... si Dios no existe, todo es posible», y no hay criterios ni para discernir ni para discriminar. Hay que dejar hacer y dejar pasar para no violar la libertad de conciencia exaltada al primer puesto de la escala de valores. El liberalismo es la libertad también para el mal: libertad para las religiones falsas, para el aborto, para el divorcio, la eutanasia, la pornografía, etc.

Por chocar con el precepto de que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, por anteponer las conclusiones del Parlamento a las enseñanzas de la Revelación, es el liberalismo pecado, entre otras razones. No ha dejado de enseñarlo la Iglesia en mil ocasiones y formas distintas desde la Revolución francesa hasta el Concilio Vaticano II, exclusive. En España recibimos, además, una enseñanza especial, que fue doble y simultanea: la aprobación y elogios de León XIII a la obra de Sarda y Salvany «El Liberalismo es pecado», y el repudio enérgico del mismo Papa a quienes pedían obstinadamente su condenación.

El Papa precedente, Pío IX, había, además, condenado el liberalismo a escala de relaciones entre pueblos. Lo hizo al incluir entre las proposiciones incluidas en el «Syllabus» el principio de «no intervención», según el cual no es licito inmiscuirse en asuntos políticos internos de otros países. Es decir, que lo cristiano es la proposición contraria, la que afirma ser lícito intervenir en asuntos de otros países porque el deber de caridad se extiende, a todo el género humano. Comentarios y explicaciones exhaustivas de esta cuestión se encuentran en todos los estudios sobre el «Syllabus».

No pretendeo ahora resumirlos, sino dar un breve toque de atención y de referencia a ellos, porque a medida que el Gobierno va estableciendo rápidamente relaciones comerciales con los gobiernos comunistas —ahora con la China de Mao—, se multiplican 1as gacetillas y alusiones que reviven, sin saberlo, ese condenado principio de «no intervención». Se dice, como cosa sabida e indiscutible, que no hay por qué intervenir en asuntos internos de otros países, como si el mal, por el mero hecho campear a nivel internacional, no debiera sujetarse. Con la mayor ignorancia del pensamiento cristiano, se exalta como naturalísima e indudablemente meritoria la no injerencia en los desafueros políticos ajenos. ¡De bien distinta manera se pensaba cuando España era «espada de Roma, martillo de herejes y evangelizadora de la mitad del orbe»! Que la actual geopolítica no nos lo permita serlo ahora —pura hipótesis en la cual en estas lineas ni entro ni salgo—, no justifica el lanzamiento á que asistimos de un liberalismo a escala internacional y encima con pretensiones triunfalistas.

Al condenar Fio IX el principio de «no intervención» no mandaba con ello que los católicos estemos siempre interviniendo todos en todos los desafueros políticos internos de todos los países. Hacerlo o no, en cada caso concreto, dependerá de muchas circunstancias cuya evaluación corresponde a la prudencia política. Puede haber abstenciones y aún intercambios con enemigos que sean loables. Lo que dice la doctrina católica es que esas abstenciones y negociaciones no pueden encontrar una justificación incondicional y definitiva a nivel de los principios.

N. de la D.—Si la doctrina que sustenta nuestro querido P. Echániz en este comentario que acaban ustedes de leer, resulta irreprochable para el gobierno de la ciudad de Dios, consideramos que tal doctrina, para el cristiano que quiera defenderse en este endemoniado mundo, ha de experimentar ciertas revisiones y condicionamientos. Los cristianos lo serán tanto más cuanto obedientes al mandamiento del Padre, no les nieguen el pan y la sal a sus enemigos. Sin que acercares a ellos y dejar que ellos se acerquen sea pecado de liberalismo.

 
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