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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 460 · Madrid, 21 octubre 1972 · 20 páginas

 

La desacralización de la antropología

Por P. Echaniz

La proximidad del Domund invita a recorrer el proceso desacralizador operado también en los señalamientos geográficos y antropológicos. Se han sucedido, telescopadas unas en otras, estas cuatro etapas en la clasificación de los pueblos.

1.º FIELES E INFIELES.—En la época de los grandes descubrimientos geográficos, la Cristiandad era una realidad extensa y viva que tenía a Dios por principio, fin y medida de todas las cosas. Reyes y pueblos estaban muy interesados en explotar las riquezas de los nuevos territorios, lo cual en sí mismo no es malo, sino bueno; y en asentar en ellos bases militares; dicho con lenguaje de hoy en su valor geopolitico. Pero además, y sobre todo, estaban atraídos por el conocimiento de la situación religiosa y por la salvación de las almas de aquellas gentes nuevas. Tan nuevas, que en algún momento hubo varones de la retaguardia que se pusieron a investigar si realmente se trataba de seres de su misma especie humana, y hasta convocaron un consejo de teólogos para investigar si también estaban redimidos por Jesucristo y eran herederos del Cielo. (Hernán Cortés, por su parte, en cuanto conoció a la india que después se llamó doña Marina, en el mismo momento de pisar la primera playa mejicana, había salido de dudas en seguida.)

Desde Isabel la Católica se venía repitiendo que la propagación de la fe era el fin principal, aunque no fuese el único como es natural, de la conquista del Nuevo Mundo, Felipe II consideraba esto como un deber de conciencia. Su criterio quedaba reflejado en la Ordenanza 14S: «En las partes que bastaren los predicadores del Evangelio para pacificar los indios y convertirlos y traerlos de paz. no se consienta que entren otras personas que puedan estorbar la conversión y pacificación». La cristianización de las islas Filipinas fue muy gravosa para España; algunos le propusieron abandonarlas, y Felipe II les dio esta noble y generosa respuesta: «Por la sola conversión de un alma de las que habían hallado daría todos los tesoros de Indias, y cuando no bastare, daría todo lo que España le rendía de bonísima gana»... y por eso no las abandonaría «por muy pobres que fuesen»...

Así eran nuestros antepasados. (Un inciso curioso: los hijos del cantante Raphael formarán en la décima octava generación de descendientes de Felipe II por el matrimonio de éste con Natalia Figueroa.) Estos antepasados nuestros, creadores y servidores de una civilización Cristocéntrica, dividieron a los hombres en Fieles e Infieles. En España, donde mayor es el rescoldo de la Cristiandad. esta nomenclatura ha seguido viva en el lenguaje popular hasta hace pocos años. Cuando yo era más joven eran corrientes las expresiones de «ir a tierra de infieles», «ir a convertir infieles», «recibir el martirio de manos de los infieles». Esa cursilería de «los hermanos separados» es postconciliar.

2.º CIVILIZADOS Y SALVAJES.—La apostasía de las naciones. que se puede centrar en la Revolución francesa, desciende a la sociedad con el liberalismo en el siglo XIX. La sociedad española tarda más tiempo que las europeas en seguir a sus estados en sus apostasías, gracias al enorme freno que en el proceso produjeron las guerras carlistas. La religiosidad colectiva y del Estado es sustituida en Europa por el culto a la Ciencia y al Progreso, a los que se concede un carácter mesiánico y redentor en breve plazo de los males de la humanidad. A final del siglo ya se nota en la sociedad española una inflación del culto al progreso: calles, plazas, casinos, asociaciones, incluso mercantiles y hasta productos manufacturados le invocan en sus denominaciones.

En esa sociedad liberal decimonónica la Ciencia y el Progreso mitificados son principio, fin y medida de todas las ilusiones, como lo era Dios en la Cristiandad. Con orgullo y desprecio, respectivamente, los pueblos se dividirán en civilizados y salvajes. El concepto de civilización abarca al principio, no obstante, además de un nivel de bienes materiales, unos valores éticos y estéticos que no son eclesiásticos, pero sí de inspiración cristiana. Por eso los pueblos civilizados no se consideran, todavía, países de misión. Este término se aplica, de momento, con toda propiedad, a los países salvajes.

3.º DESARROLLADOS Y SUBDESARROLLADOS.—Cuando el liberalismo acaba de desprenderse del acompañamiento ideológico de inspiración cristiana que al principio no podía eliminar de la mentalidad popular, entonces, el concepto de civilización se reduce a las posesiones materiales, se ciñe y se especializa en ellas, y muy consecuentemente, cambia de nombre y los pueblos quedan clasificados en desarrollados y subdesarrolládos. El desarrollo es elevado al primer puesto de la jerarquía de valores, el que será medida de todas las cosas, antes ocupado por Dios, y por la Ciencia y el Progreso y la Civilización sucesivamente El sentido religioso, aún próximo al concepto de civilización cuando éste se populariza, queda ahora ya más lejos, como distante y excluido de las mentalidades centradas en torno al desarrollo. La aplicación de la antinomia desarrollo-subdesarrollo, a los puebles va no sirve de indicativo para su situación religiosa o sus necesidades misionales. Entonces surge, con toda la garra de la verdad, la pregunta aquella que nació famosa: «¿Es Francia país de misión?».

4.º TERCER MUNDO.—Hemos llegado al final del proceso no sólo cronológico sino también ideológico. El demonio es la antítesis del Creador y por ello suspira por la nada; es esencialmente destructor. Hábilmente destructor, por etapas: propone inocentes cambios entre sinónimos, limitados a la semántica, pero cada cambio se hace con un tributo a la vacuidad; al final se llega a la vaciedad total, a la nada; es el final del engaño: Desarrollado quiere decir menos que civilizado, y salvaje, menos que infiel. ¿Cómo decir aún menos que desarrollado? «Tercer Mundo». No se puede decir menos que con un número. Como se hace en algunos países, con pretexto de funcionalidad, con las calles cuando no se tiene a quien honrar dedicándoselas. Es la abstracción de la matemática, sólo superada por la metafísica. Contémplese el salto que se ha tenido que dar para pasar de «fiel» o «infiel» a «tercero».

Este fenómeno satánico, empobrecedor, vaciador, se da en muchas otras materias y cuestiones porque es general. En arte, por ejemplo, compárese la obsesión por decir cosas que tenían los ar tífices de nuestras antiguas catedrales, que no hacían dos gárgolas iguales y hasta en los puños de las cerraduras buscaban sitio para transmitir mensajes y símbolos, con la desnudez glacial de las paredes de los templos protestantes, hoy copiada por algunos católicos progresistas, que no tienen nada que decir, ninguna sugerencia que ofrecer como auxilio espiritual al prójimo.

¡AGERE CONTRA!—Reaccionemos según el viejo con: hacer lo contrario. Fomentemos el uso de las denominaciones de fieles e infieles, caiga quien caiga.

 
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