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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 447 · Madrid, 23 julio 1972 · 20 páginas

 

Los panegiristas de Baroja no aman a Dios

Por P. Loidi

Se viene conmemorando en lo que va de año el centenario de Pió Baroja. Algunas conferencias, artículos, lo de siempre; pero sin demasiado esplendor. A esta efemérides se acaba de sumar «Blanco y Negro», con un número que lleva treinta y cuatro páginas dedicadas al escritor. Para enjuiciar a quienes las llenan de elogios y a todos los que con tono encomiástico van participando en esta modesta celebración, empezaré por recordar rápidamente algunas frases impías de don Pío; unos botones de muestra del pena recorrer del enorme catálogo acusatorio que ya no merece la pena recorrer detenidamente.

El padre Angel Ayala, S. J., en su libro «Consejos a Universitarios», pág. 149, dice: «Oye algunas frases suyas: «Cristo es un miserable que produjo la decadencia de la Humanidad», pág. 77. «El Sagrado Corazón de Jesús es un símbolo de la brutalidad nacional», pág. 70. «Indudablemente, España es el país más imbécil del orbe», pág. 222. «Fuera escrúpulos, la moral es una estupidez», pág. 138. Todas estas frases están entresacadas de su novela «Camino de Perfección». «El Libro de los Ejercicios de San Ignacio es la producción de un hombre fanático, ignorante, supersticioso. Asi no se podían tener sino ideas sencillamente católicas.» En resumen, podemos decir de Baroja: que es un blasfemo. Que es un antiespañol. Que insulta a los católicos de todo el mundo. Que es un perfecto inmoral. Que se cree superior a todos los sabios del universo católico.»

Hasta aquí el famoso padre Ángel Ayala, S.J.

Don Pedro Lain Entralgo, en su obra «La Generación del 98», página 65 y siguientes, escribe:

«La incontinencia anticlerical y anticatólica de Baroja abiertamente brutal y blasfematoria en tantas ocasiones es bien conocida; tan conocida como el mismo Baroja: «A mí, cuando me preguntan ové ideas religiosas tengo, digo que soy agnóstico...; ahora voy a añadir que. además, soy dogmatófago», dice de sí mismo. Poco después añade: «la gran defensa de la religión es la mentira... Con la mentira vive la religión»...

Baroja explica su actitud antirreligiosa con razones biográficas o históricas. En «Juventud y egolatría» comenta asi un pequeño episodio de su vida en Pamplona: «Aquella escena fue para mi. de chico, uno de los motivos de mi anticlericalismo.»

Y en una conferencia autobiográfica que pronunció en la Sorbona hacia 1924, declara: «No es raro que haya sido anticatólico, antimonárquico y antilatino, por haber vivido en un país latino, monárquico y latino que se descomponía, y en donde las viejas pragmáticas de la vida, a base de latinismo y de sentido monárquico y católico, no servían más que de elementos decorativos.»

Hasta aquí, Laín Entralgo.

No es preciso insistir. Cualquier persona que haya leído a Baroja y, por supuesto, sus admiradores y evocadores en este centenario, saben que con afirmaciones así se podría hacer una gruesa antología.

Prefiero, pues, detenerme a juzgar, en vez de i. Baroja, a sus panegiristas. Su tarea les acredita, como a su maestro, el título de impíos. Para eludir este calificativo no vale distinguir entre calidades literarias y blasfemias. Valdría, quizá, si el primer mandamiento de la Ley de Dios mandara «creer» en Dios. Pero ¡o que manda es «amar» a Dios, y, además, sobre todas las cosas. Si se tratara solamente de «creer», como se cree que la suma de los ángulos de un triángulo vale dos rectos, con la misma indiferencia y frialdad con que se cree en algo que no nos afecta, se podría explicar el descuido del aspecto blasfematorio de la obra de Baroja. Pero si fueran cristianos, «amarían» a Dios, y el amor es mucho más pasional que el mero conocimiento; es conmovedor. Quienes no se conmueven ante las impiedaes de Baroja, es que no aman a Dios; no son católicos; no son de los nuestros; son nuestros enemigos, por mucho que cotice sus firmas Prensa Española.

 
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