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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 444 · Madrid, 1 julio 1972 · 20 páginas

 

Hay que decidirse: con Cristo o con Marx, con la Revelación o con la Revolución

Por A. Roig

Gran parte de los obispos, curas, religiosos y «laicos promodonados» de Francia, parecen haber perdido la noción fundamental que la misión primordial de la Iglesia católica ha de estar orientada hacia el bien infinito, que es la eterna salvación del alma de los fieles.

Pero resulta que los obispos no lo entienden o consideran así. La declaración hecha el pasado 1 de mayo en nombre del Episcopado de Francia —que ningún obispo ha recusado— a través de la consiguiente «Comisión Episcopal» que se ocupa de Jo social, se ha propuesto todo lo contrario al afirmar —y admitir— que «el paso del capitalismo al socialismo es inexorable». El orden social cristiano no puede ser más impúdicamente rechazado y combatido. Sabido es que sin una nítida aplicación de la doctrina del Evangelio en el orden temporal —en el que la Iglesia halla cuanta cooperación le es necesaria— se produce la asfixia en no pocas conciencias.

El progresismo instalado y dominante, desde sus estruendosas cajas de resonancia venía preparando, paso a paso, imperceptiblemente, la maniobra. ¿Acaso no se nos han venido machacando continuamente los beneplácitos, alientos o tolerancias episcopales hacia lo que disparatadamente se ha venido presentando como la «Teología de la Revolución», aunque tales palabras —cuya vecindad antagónica constituye una profunda perversión espiritual— son incompatibles con la doctrina, misión y razón de ser del cristianismo? Porque fruto innegable de esta tan aclamada «Teología de la Revolución» es la «opción socialista» alentada y finalmente proclamada por los obispos que aclaman a Marx por la vía «pastoral» del «socialismo inexorable» que desde las filas progresistas se quiere imponer, suplantando a la Revelación cristiana por la Revolución social o marxista. Al ser opuestas e irreconciliables la Revelación con la Revolución y optarse por esta última, se avanza un paso más en el intento de descristianizar a la Iglesia al amordazar o suprimir toda trascendencia y todo vestigio de lo sobrenatural, como si se debiese renunciar al reino de los cielos y sustituirlo por la instauración de una sociedad socialista falsamente presentada mo cristiana, cuando en realidad es opuesta a la auténtica sociedad cristiana. Con esta subversión de doctrina y valores impuesta desde las esferas gobernantes de la Iglesia de Francia, se pretende «captar» a las fuerzas vivas de la Iglesia y encuadrarlas al servicio de la conjura progresista.

Porque aunque aparentemente parezca que se trate de dar solamente una orientación política y social —lo cual no deja de ser un hecho muy grave—, ésta es sólo un disfraz que alienta una fuerza de propulsión anticristiana, ayer masónica, hoy marxista y siempre satánica, enemiga de los designios de Dios sobre el hombre, o sea del orden temporal cristiano, y, por lo tanto, de la perfección del hombre, al que le niegan sus más trascendentales aspiraciones al hacerle perder la verdadera fe.

La Revolución ha combatido el altar y el Poder temporal cristiano (que antes era el Trono). Ahora, infiltrada entre los que sirven o deben servir al altar, ataca al Poder porque en auténtica cristiandad éste es subordinado al primero, y en las presentes circunstancias el instinto de los políticos católicos no admite le sustituyan a la Revelación por la Revolución. «Tú no tendrías ningún poder sobre mí si no te viniese de los Alto» (de Dios), le dijo Cristo a Pilatos.

La inversión revolucionaria, con su poder fundamentado en el manejo de la masa, a la que presentan como único fundamento legítimo, implica por sí sola, en el orden temporal práctico, la negación de Dios; es el sistema que invierte el orden natural querido por Dios; es el sistema que invierte el orden natural querido por Dios para el mundo al querer divinizar al hombre —encuadrado en la masa— con la misma tentación que la serpiente a Eva y por ésta a Adán: «Seréis (obsérvese el plural satánico) como dioses»...

Con tal inversión revolucionaria que ha -dado origen a la democracia, la Revolución ha dado forma y vida a la progenitura del ateísmo. Y una Iglesia que primero se democratiza para luego socializarse —consecuencia natural de haber adoptado la inversión revolucionaria— acabará siendo cualquier cosa... menos la Iglesia de Jesucristo. Porque en su misma entraña este régimen sustancialmente anticristiano se desliza de la anarquía a la tiranía, pasándose del ateísmo implícito al ateísmo explícito.

Por eso —salvo que nos convirtamos en imbéciles por carencia de lógica mental o quiera «invertirse la pirámide de la Iglesia» (Suenens dixit)— no podemos ni debemos admitir nunca lo que suele llamarse «democracia cristiana»: son dos palabras que por lógica se excluyen la una a la otra, y su contubernio desemboca fatalmente en servir de antesala del marxismo, presentado como «socialismo».

Lo político y lo social de la democracia —masónico o socialista— no son sino aplicaciones prácticas de un concepto de la sociedad y la política del mundo, prescindiendo o combatiendo el orden temporal querido por Dios.

Los obispos que nos alientan hacia el «socialismo inexorable» y los curas que predican la «Teología de la Revolución» son —en el mejor de los casos— unos pobres marionetas manipulados por los enemigos de Nuestro Señor Jesucristo... Y Roma, expectante, deja decir a esos curas que «la teología de la Revolución acabará consiguiendo «une mise a mort de la theologie puro et simple» (textual)... como ha sido dicho en París el 26 de mayo de 1968, en Coire el 12 de septiembre de 1970, en Rouen el 20 de noviembre de 1971, en Grenoble el 13 de septiembre de 1971 y últimamnte en Rennes.

Y el Vaticano posconciliar les sirve de aliento por su ejemplo de multiplicar los intercambios y las visitas entre Roma y Moscú y recibiendo a dirigentes de países comunistas. Pablo VI se felicitaba el 11 de febrero del presente 1972 del «mutuo enriquecimiento constituido por esos intercambios»... El condenado Le Sillon era una veleidad al lado de este «accouplement de l'Eglise et de la Revolution». Ha de ser muy profunda la infiltración en la Iglesia para que se hayan podido obtener tales resultados. ¡La Santísima Virgen ya lo previno en la Salette el 19 de septiembre de 1848! «Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo.» ¿Estamos ya cerca de cumplirse esta predicción?

Porque hace ya bastante tiempo que la nueva religión progresista que se confiesa seguidora del Vaticano II nos habla más frecuentemente del mundo que de Dios; y se permite que se presente y predique a Cristo como si de un revolucionario se tratase, atento a la felicidad terrena, y casi ajeno a la salvación de las almas.

Se comprueba en «Jesús Superstar», «Godspel», «Jesús-Révolution», algo sacrilego y demoniaco que el Cardenal Danielou no acierta en localizar: pretende que pueden -representarse en la plaza del Vaticano («Fígaro», 2-IV-72) Quizá en esto último tenga razón. De otro modo no se comprende cómo es posible que los obispos franceses afirmen en su calidad de pastores del Pueblo de Dios y custodios de la fe verdadera que «el paso del capitalismo es inexorable», y Roma lo consienta.

Toulouse, junio 1972

 
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