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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 442 · Madrid, 17 junio 1972 · 20 páginas

 

"El pensamiento libre proclamó en alta voz..."

Por Jenaro Bustillo

Casi coincidiendo con la incorporación de José Ramón Alonso a la rectoría de la revista «Sábado Gráfico» ha visto enriquecidas sus páginas con las reflexiones periódicas, sobre el acontecer nacional, debidas a la pluma de Gregorio Peces Barba. Aunque el propio autor las califica de «ingenuas», resulta fácil, tras una lectura superficial de las mismas, comprobar que, en verdad, la cándida inocencia es efectivamente su principal característica.

El número 782, de 27 de mayo pasado, ofrece un ejemplo típico de la «ingenuidad» anunciada. Peces Barba trata de esbozar los presupuestos político-sociales para dar el paso adelante en el recorrido hacia el acercamiento a Europa, meta máxima de aquel quien, a través de sus escritos, ha sabido elevar lo «europeo» a la categoría de patrón utilizable en ¡a medida de la bondad de todas las instituciones y normas morales, sociales y políticas...

Con «ingenua» candidez traza las líneas maestras de la constitución política propugnada a fin de dar «el paso adelante»: Superación del nacionalismo a ultranza, organización de las libertades públicas, control judicial de la constitucionalidad de leyes, restablecimiento del pluralismo ideológico «con respeto y legalidad para todas las fuerzas que, aun siendo discrepantes con el propio sistema, tengan existencia legal en los países de Europa que constituyen nuestra meta y, al decir todas, quiero decir toodas, por ejemplo, en la línea en que están adimitidas en Italia y Francia...»; superación de la dialéctica amigo o enemigo y de los esuqemas de enfrentamiento civil, pues «no se puede construir la convivencia nacional sobre la base del aplastamiento histórico de una parte del país, sobre la idea de los «enemigos de la Patria» y de la incompatibilidad de lo que muchos españoles piensen, con las instituciones de ésta. Sólo la superación de esta mentalidad, con la capacidad de integración de todo lo que los españoles piensan, sea cual sea este pensamiento, con la tolerancia para el discrepante, y de una manera más positiva, la organización del pluralismo real hará posible el efectivo paso adelante».

Basta la mera enunciación del programa brindado por el joven y dinámico abogado madrileño para percatarse, con prontitud, de que se necesita una dosis mayúscula de «ingenuidad» al presentar como paso adelante el que, so pretexto de modernismo europeísta, nos retrotraería a la constitución de 1931. Harto «ingenuo» debe ser quien suponga que, con el burdo tópico del acercamiento a Europa, manejado por don Gregorio con suma pericia en sus escritos, los vencedores de la Cruzada iban a, abdicar de los ideales que, un amanecer de cierto 18 de julio, los lanzó a derrochar heroísmo en la tarea de rescatar a la Patria de otros «ingenuos» defensores del «europeo» régimen implantado en 1931, bajo cuyo imperio se condujo al pais a la disolución nacional. Se exige ciertamente exceso de «ingenuidad» para predicar, a los herederos de los artífices de la victoria, el olvido de la misma, por quien da sobradas muestras de que su recuerdo permanece constante en el interior de su mente obsesionándole.

Quizá en tal «ingenuidad» radique el obstáculo para que las autoridades confronten la legalidad del comentado artículo periodístico, donde se manifiesta la disconformidad esencial con la normativa constitucional vigente y con los principios dogmáticos del régimen y se preconiza casi sin disimulo la salida a la luz del partido comunista y demás organizaciones declaradas fuera de la ley.

La «ingenuidad» llega realmente al colmo al programar el respeto «para todas las fuerzas que, aún siendo discrepantes con el propio sistema, tengan existencia legal en los países de Europa que constituyen nuestra meta» —es decir, los comunistas-leninistas, maoístas, anarquistas, etc...— o la «capacidad de integración de todo lo que los españoles piensan, sea cual sea este pensamiento con la tolerancia para el discrepante...» cuando en las anteriores «ingenuas» acotaciones del número precedente de la misma revista, don Gregorio brinda un ejemplo aleccionador del respeto, capacidad de integración y tolerancia que aguardan, dentro del sistema esbozado, a «cierta derecha española», de la que, con su habitual inocencia, escribe: «...basa toda su concepción política en el odio y en la afirmación del enemigo, inventándolo si es nesario, para poder propugnar su destrucción... Su única posibilidad de existir es precisamente a través de esa tensión y de ese odio al enemigo político. Son los herederos de los enemigos de todo progreso que sólo verán en él fuerzas tenebrosas. Son los herederos de esa falsa tradición que ha venido enmascarando la auténtica tradición española comunitaria y democrática. Son los enemigos de la razón, de la filosofía y en general de todo pensamiento. Son los enemigos de la libertad, creadora de esa mitología reaccionaria que tan bien analiza Javier Herrero («Los orígenes del pensamiento reaccionario español». Edicusa. Madrid, 1971)... Es lástima que esos señores de la derecha extrema no lo lean, porque para ellos los libros estarían para quemarse o para destruirse en los escaparates de las librerías.»

El lector observará si es posible hallar un modelo más acabado en respeto, tolerancia y comprensión hacia el discrepante, que el ofrecido por el liberalismo de Peces Barba a través de esas «ingenuas» invectivas, tan modernas a causa de su machacona repetición durante más de un siglo, precisamente por los voceros del liberalismo. ¡Lástima que don Gregorio no identifique con más exactitud a los integrantes de esa vaga derecha. Seguro que no carece del valor suficiente para hacerlo, mas asi nos priva de la oportunidad para verificar que él mismo había conseguido superar la dialéctica amigo-enemigo y los esquemas de enfrentamiento civil, pues tal vez dicha omisión provoque, sin ser ese quizá el propósito del autor de la «ingenua» acotación, que la totalidad de las fuerzas integrantes del Movimiento Nacional se sientan aludidas.

¿Por qué al leer las «ingenuidades» de Peces Barba evocaré siempre aquella letrilla de la pieza musical «La Marsellesa», que decía textualmente: «El pensamiento libre proclamo en alta voz y muera el que no piense igual que pienso yo.»

 
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