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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 419 · Madrid, 8 enero 1972 · 20 páginas

 

Doctrina social cristiana

Por M. Roberto Gorostiaga

La doctrina social cristiana está tan olvidada que el título comienza por plantearnos un problema: la doctrina cristiana, ¿no es acaso del más allá, no nos habla de Dios y el destino eterno del hombre?

¿Cómo puede darse entonces una doctrina social cristiana que por ser social está referida a las relaciones entre los hombres en el más acá?

El planteo de la pregunta ayuda a ubicar la doctrina social cristiana. Si ésta trata de los problemas de este mundo no es sino en función del más allá, del fin último del hombre.

En todo obrar humano es indispensable plantearse el problema de la finalidad de esa acción y es iluminador volver reiteradamente sobre el fin último durante el desarrollo de esta acción.

Doy un ejemplo tomado de la doctrina de la guerra. El gran tratadista de ella, Clausewitz, plantea en su libro clave «De la Guerra» el tema de la finalidad última de ésta: que no es ocupar parte del territorio del enemigo ni aun, a veces, su misma capital, sino desarmar al enemigo para imponerle la propia voluntad, y esta voluntad es propiamente política.

Da guerra no es, pues, sino un verdadero instrumento político, la continuación de la política con otros medios; en ninguna forma constituye una cosa independiente en si misma. Ese motivo político es la primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Que no es sino la política misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero no cesa por esa razón de pensar de acuerdo con sus propias leyes.

Así como no puede darse una conducción militar «técnicamente pura», desvinculada de la finalidad política, análogamente, la organización social, no puede desentenderse del fin ú'timo del hombre, de su razón de ser, del destino para que ha sido creado.

Es insensato concebir un orden social independiente del fin del hombre, al cual aquél se ordena; este fin sea explícito y reconocido, sea de modo implícito, está gobernando la convivencia social.

Cuando en una sociedad no se sabe ya cuál es el sentido último de la vida, ¿qué tiene de extraño que las estructuras sociales se vuelvan anárquicas u opresoras?

El fin es. pues, lo que da razón de un obrar, la naturaleza no racional tiende a su fin por una propensión natural como el instinto en los animales, el hombre en sus acciones propiamente humanas lo hace por su libre albedrío, facultad de voluntad y razón su apertura al Bien universal lo hace libre frente a los bienes contingentes y finitos.

Esta libertad no es sólo de los individuos, sino que se aplica también a los hombres unidos en sociedad civil.

(Del número 21 de la revista «Roma». Buenos Aires.)

 
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