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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 9, número 418 · Madrid, 1 enero 1972 · 20 páginas

 

La «Objeción de conciencia» que no acepta el progresismo

Por Petrus, Sacerdos Christi

Nadie ignora que ha sido labor constante del «progresismo» el trabajar contra la unidad y en pro de la descomposición de la patria. Los que hace pocos años se mostraban fervientes de Cataluña o de Vizcaya no sienten nada ni por nuestra Patria grande, España, ni por la región donde nacieron. Era éste un medio como otro cualquiera para contribuir al malestar y al desorden, sin remordi mientos de conciencia, porque, en realidad, nada sientem por la Patria; como ahora se ha demostrado que nada sienten, ni sentían, por su Dios. Lo que más hemos de lamentar, no obstante, no es su conducta, porque son unos desgraciados que, para conseguir los fines que les marcan los que señalan las «consignas», se valen un sentimiento natural, de amor a la patria chica, falseando el sentir de otras regiones españolas, inventando prohibiciones que producen malestar y turbando la paz, a pesar de que siempre tienen en sus labios el pacifismo,

Como medio para ayudar a que España quede disuelta y, como ha dicho recientemente el Caudillo, resulte vencida, en un mundo como el actual, en el que nada vale la razón y el derecho, sino el número de divisiones de que se dispone, han sido, desde su iniciación, los portaestandartes de la afeminada, cobarde y traidora «objeción de conciencia», compadecidos de los pobrecitos que, por escrúpulos de conciencia, no aceptan empuñar un fusil y permiten (generosos que son) que los demás, en caso de lucha armada, les saquen las castañas del fuego. Después ya se cuidarán ellos mismos, como ha ocurrido siempre, y se ha visto más que nunca en nuestra guerra de Cruzada, de administrarnos la victoria, si éste es el final de la contienda, o de pactar con el adversario victorioso, si su patria resulta derrotada en la lucha. No se puede negar que su posición es cómoda, si prescindimos de toda virilidad, de todo honor y de todo sentimiento religioso, puesto que Jesús nos enseñó a amar a la Patria, al llorar sobre ella, conocedor de los males que le habían de sobrevenir. Este plan ha dado un resultado espléndido en Estados Unidos y Alemania donde, al paso que van siguiendo, nadie querrá contribuir a la defensa de la patria cuando sea atacada. ¡Que cada cual se las arregle y se defienda como pueda! Es el último grito del egoísmo predominante y de la insolidaridad respecto de la comunidad o la asamblea, de la cual no interesa formar parte más que a la hora de repartir prebendas, que nunca pueden ser premio de méritos contraidos, ya que los héroes están presentes sólo a la hora del sacrificio, mientras que los «objetores», aprovechados, no acuden sino al olor de la pitanza.

Saben muy bien que el comunismo, «su» nuevo ideal «católico», no puede triunfar nunca mientras haya en el mundo ejércitos permanentes. Y, si se trata de España, nadie puede nada contra ella, mientras el ejército se conserve, gracias a las raíces de los sentimientos profundamente religiosos que le dan el vigor excepcional que tiene. Tales son nuestras fuerzas armadas que, aunque no se lo crean, han sido siempre ejemplo y espejo de todos los ejércitos del mundo. Tarifa, en la antigüedad, y el Alcázar de Toledo, en nuestros días, no son ejemplos que se prodiguen en ningún pueblo. Y entre nosotros es cosa corriente.

No pareció bastante la tendencia afeminada de muchos soldados de cierto país, a los cuales hubo que dotar de miles de redecillas para el pelo, que ha habido que poner al conjunto el Inri de la negativa a hacerse solidarios de los demás connacionales, cuando las cosas van mal dadas y no es suficiente la resistencia individual y desorganizada, porque el país se ve invadido por ejércitos muy preparados, bien organizados y con los armamentos más modernos, como son los que utilizan los países «pacifistas» por excelencia, se puede apreciar en los anuales desfiles de las plazas rojas del país líder y de todos sus satélites.

Pero enfoquemos ya el asunto de que, según el título que encabeza estas líneas, vamos a ocuparnos. Se trata de otra «objeción de conciencia» que, a buen seguro, no encontrará la misma buena acogida que encontró la que se refería a empuñar las armas, en defensa de la Patria amenazada, por parte de sacerdotes que parece que han perdido el sentimiento y la idea de Patria, como antes perdieron la idea de Dios, al que, en no pocos sitios, se han atrevido a suplantar, poniendo, en el mismo lugar donde antes estaba el Tabernáculo del Santísimo Sacramento, un verdadero «Trono», en que puedan ser adoradas las personas mortales de los enemigos del «Triunfalismo». Porque ahora se exige (sin voluntad divina que avale tal exigencia) que el Estado, muy especialmente el Estado español, que siempre y en todo tiempo ha sido católico, deje de serlo, por voluntad de la Iglesia y del Concilio, según dicen. Que se muestre impermeable en materias religiosas. Pero, ¡eso si!, que continúe pagando, como se ha comentado ya en alguna revista de las pocas que aún dicen la verdad. No está mal pensado. ¡No está mal pensado! Que el Estado español pierda todos los derechos. Que no le quede ni siquiera el de defenderse de sus enemigos, infiltrados en el clero y en la Jerarquía. Y que, además, tenga que pagar a todos los que le combaten y que usan los mismos medios materiales con que es favorecido y los «privilegios» que recibe a los que ha de renunciar el Estado, por tener que ser laico a la fuerza, por imposición eclesiástica, para combatirle y, en cuanto puedan, derrocarle. Es un plan estupendamente diabólico. ¡Paga y calla!

La subvención estatal de un Estado oficial y realmente católico, empezando por los Ministros de su Gobierno, estudiados, uno por uno, parece cosa muy natural, siendo el país católico, el espíritu de sus leyes católico, sus gestas todas, impregnadas del espíritu católico, y la resolución de los graves problemas cruciales, enraizada en la Fe y la Moral católicas. Y esto no tan sólo en épocas pasadas, y, como dirían ahora los apátridas, que, por disponer de todos los medios difusores, son los únicos que pueden hacerse oír, sino en nuestros días, con la entrega generosa de la vida, en la reciente Cruzada de liberación del espíritu religioso, que animó a los españoles en la lucha, en defensa de la Fe, sino también en nuestros días, cuando los católicos españoles, estupefactos ante el cambio que, ante sus ojos, se ha operado de la Fe y la Moral de la Santa Iglesia, empiezan a mostrar que se están organizando, y pronto, para escarmiento de los que se burlan de su piedad, a la que califican despectivamente de rutinaria, y para restauración de un alma que la revolución eclesiástica ha intentado matar, pero que resurgirá, vigorosa, con mayor vigor del que muchos, ahora encumbrados, sospechan y desearían.

De un Estado católico, decíamos en el párrafo anterior, se puede esperar, y es lógico, una protección especial a la Santa Iglesia Católica, que nosotros continuamos creyendo íntimamente convencidos, es la única verdadera. Si así no lo creyéramos, la habríamos abandonado. Y no nos habríamos empeñado, como muchos curas progresistas, en permanecer en ella. Ya que, en estas condiciones, la permanencia es más que sospechosa. Porque no puede ser buen defensor de la verdad católica el que empieza por no creen en ella. Como no puede arrodillarse ante la Sagrada forma el que no está convencido de la presencia real.

En cambio, de un Estado no católico no es lógico esperar protección especial alguna. En todo caso podría darle una subvención de escasa cuantía, como entidad simplemente cultural y compartiéndolo con cualquier otra creencia. Esto por parte del Estado. Pero ¿y si nos fijamos en los individuos? Porque no todos, y nadie se atreverá a negarlo, son católicos. El Estado tendría que subvenir a la Iglesia con fondos públicos, con dinero que aportan todos y cada uno de los ciudadanos. ¿No pueden haber, en este aspecto, «objetores de conciencia»? ¿Porque, preguntamos, es admisible dicha «objeción» en el servicio de las armas y no se respeta en la contribución a la ayuda a la Iglesia? Sencillamente, porque, en el primer caso, se pretende ganar el aplauso populachero, sin ningún perjuicio propio, y en el segundo resultaría perjuicio, sin beneficio alguno. ¿Que esto va contra la lógica? ¿Qué importa? ¿Ha habido muchos reparos, hasta el presente, para ir contra el mismo Dios y arrinconarlo el hombre, orgulloso, para ponerse en su lugar? Que esto es utilizar el sistema de las dos pesas y dos medidas? Y nosotros preguntamos: ¿Es que el «progresismo» del avance para atrás conoce y practica alguna otra ley?

Lo que no quisiéramos dejar en el tintero, antes de terminar, es la sentencia tan conocida y tan constantemente olvidada, porque no interesa recordarla: «El que siembra vientos, recoge tempestades». Muchos, hasta para encaramarse en altos puestos de mando, dentro de la misma Santa Iglesia, sembraron vientos tempestuosos, sin tasa y sin medida: como los que sembraron cizaña, en el campo del Padre de Familias, de la Parábola. Y mucho nos gustaría poder contar lo que, en cada lugar saben, de la suavidad de relaciones entre algunos de los Pastores ya en el llamado clero joven. Los «viejos» quedaron, desde los primeros tiempos, marginados o considerados chatarra. Por ello están, y no por propia decisión, alejados de sus Obispos. Y son los jóvenes los que, en reuniones, «convictoriums», «symposiums» y demás «asambleas», que disimulen una inactividad total, como sacerdotes, y el fracaso de tantos planes y acuerdos y estudios, que nunca se han puesto en práctica, les han hecho oír a los Prelados cosas que han sido verdaderas tempestades y que nunca habrían tenido que oír, si ellos mismos no hubiesen desencadenado aquellos vientos de popularidad que les valieron unos aplausos de los que no queda ya ni el recuerdo.

Una de dos: o se defiende, con igual calor, la «objeción de conciencia» de los que no quieran contribuir a la ayuda a la Iglesia, o dejen ya de defender, Obispos y sacerdotes comprometidos, siempre en contra de España, a los egoístas, comodnes y cobardes, que huyen de la quema, cuando llega, pero acuden a la hora del banquete, que en este caso no es el «ágape» del pueblo de Dios.

 
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