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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 8, número 417 · Madrid, 25 diciembre 1971 · 20 páginas

 

Discriminación religiosa: sectas con apoyo exterior y sectas de artesanía indígena

Por Aurelio de Gregorio

En la mañana del martes 7 de diciembre se agotó el «ABC»... Todo el mundo quería leer el divertido caso del ex cartujo, vicario de «Saliusus». Pero bajo este benemérito servicio policial subyace un problema general mucho más profundo que vamos a señalar.

Resumiremos antes la noticia: La Policía madrileña detuvo y envió al Juzgado de Guardia a siete jóvenes dirigentes de la naciente secta religiosa «Los Obreros de Cristo», con comunidades en Madrid, Barcelona, Lérida y contactos en Zaragoza, Murcia y Guadalajara. Tenían sus folletos y circulares, sus reuniones formativas, hábitos de estilo monástico, cenas comunitarias y ceremonias litúrgicas, algunas de inspiración cristiana y otras a base de espiritismo y de contactos con un ser sobrenatural llamado «Saliusus». Parece, siempre según los periodistas, que una minoría de los miembros consumían drogas y bajo sus efectos efectuaban actos nefandos, de los cuales, sin embargo, no hay pruebas fotográficas. Todo esto ha sido relatado en los periódicos con estilo peyorativo y malicioso, como si no fuera normal en cualquier organización humana que alguno de sus miembros puedan portarse frivolamente sin comprometer a la entidad.

¿Merecen ese trato estos hermanos separados, jóvenes de vanguardia, llenos de inquietudes, abiertos al diálogo y a todo lo que venga y, además, portadores de carismas proféticos? Son muchos los que piensan, con criterio ecuménico posconciliar, que además tiene el refrendo inapelable del alto magisterio de la ONU, que no: que estos jóvenes merecen una igualdad de oportunidades verdaderamente socialista con los mormones, los testigos de Jehová, episcopalianos y demás grupos llenos de gérmenes de cristianismo repristinado, que figuran en el adecuado registro oficial del pluralismo religioso. Otra cosa seria si hubieran roto unos grabados pornográficos de Picasso. Quede esa distinción para el señor Baró Quesada, redactor de «ABC», y mientras nos ilustra sobre derechos humanos, nosotros «¡dejémonos de jurisdiccionismos!», como tan acertadamente decía nuestro nuevo arzobispo, y veamos el problema de fondo.

El mes de diciembre es un mes notable en el asunto de la libertad de cultos. En diciembre de 1965, el Concilio Pastoral Vaticano II la proclamó en un documento de menor categoría, dando la sensación de elevar la «hipótesis» a «tesis»; en diciembre del año siguiente, 1966, un referéndum «aggiornaba» el Fuero de los Españoles y preparaba nuestra puesta a nivel europeo en esta materia; en diciembre del año pasado se descubrió una secta alemana en Tenerife y se encarceló a varios de sus miembros por la presunta comisión de un sacrificio —que no crimen— ritual, como si en una democracia auténticamente moderna no pudiera hacer cada cual lo que le diera la gana; y en este diciembre que corre, se vuelve a las andadas con estos candorosos «Obreros de Cristo», rozando nuevamente —dicho sea con el mayor respeto— la Carta de los Derechos del Hombre suscrita por España.

Estas cosas no sólo parecen irregulares en sí mismas, sino que van perfilando una discriminación imperdonable. De seguir así, pronto se habrán discriminado nuestros hermanos separados en dos grupos artificiales: aquellos que merezcan toda clase de respetos ecuménicos en consonancia con su poder internacional, y estos otros de origen autóctono, indígena, que pretenden meter con esfuerzos heroicos su mensaje en medio de la sociedad de consumo y que, victimas de la sociedad capitalista, carecen de recursos para actuar fuera del sótano de la «boutique» donde se reunían para dar y tomar.

¿Es justa esta discriminación en los umbrales del siglo XXI? Apelamos a «cuadernos para el Monólogo» y a su Asesoría Jurídica.

Apelamos a la Conferencia Episcopal.

Apelamos a la ONU y a la Conciencia Universal.

¡Picassianos de todo el mundo: uníos frente a la reacción y el fascismo!

 
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