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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 8, número 415 · Madrid, 11 diciembre 1971 · 20 páginas

 

La extrema derecha

Por J. Ulibarri

Días atrás, el «ABC» decía en el pie de una foto de unas inscripciones callejeras, ya desfiguradas, que eran debidas a grupos de la extrema izquierda o «de la extrema derecha». Las recientes protestas contra el pintor pornógrafo y comunista Picasso también se han atribuido a esa «extrema derecha». Esta expresión se va haciendo frecuente. En la Universidad Complutense, el grupo AUN y su filial Acción Democrática insisten en renegar de la «extrema derecha», donde nacieron, y pretenden ahora batir a los rojos desde una posición «centro». Remontándonos hacia la entrada en la escena política de este «nuevo término», no es difícil determinar qué fuerzas siniestras, avezadas a acunar frases «rentables», pusieron en circulación esa de los extremismos de «derechas» y de «izquierdas».

En efecto, tengo la convicción de que una búsqueda exhaustiva encontraría muchos ejemplos hasta definir la aparición de esta denominación como un hecho peculiar y distintivo del año que ahora acaba. Su introducción en el léxico político, su circulación con soltura y fluidez, tiene más alcance de lo que parece.

Es una manera alevosa de atacar a la derecha. Como ésta todavía no puede ser abiertamente atacada porque fue el alma del Alzamiento y de la Cruzada, se dispone el ardid, ia coartada, de decir que de ninguna manera se pretende criticar a la derecha, sino solamente a la «extrema derecha». En un lenguaje convencional, bien distante del positivismo jurídico, siempre será posible atribuir las cosas más dispares y heterogéneas, no a la derecha, sino a la «extrema derecha». ¿Quién seria capaz de definir objetivamente la diferencia entre ambas; quién coartaría las escurridizas definiciones subjetivas?

Tanto se ha dicho, que todos los extremismos son malos, igualmente malos; que tan mala es la violencia de la extrema derecha como la de la extrema izquierda; que en el término medio está la virtud, etc., que se ha constituido una mentalidad propicia para que, en cuanto se le ofrezca el extremo que le faltaba, el de la derecha, porque el de la izquierda quedó indeleble después de la Cruzada, presuma de hacer una síntesis hegeliana y lance con aires mesiánicos y salvíficos el concepto de «centro». Sin «extrema derecha» no puede haber «centro», aunque se disponga de antiguo de una extrema izquierda. Introducido, pues, el término de «extrema derecha», el de «centro» entra con la proximidad y naturalidad de un remolque. Luego, los listos que reptan apoyándose en sutilezas vendrán a distinguir entre centro-derecha y centro-izquierda. Y así, sucesivamente, iremos alcanzando, no tan poco a poco como invita a decir la insensibilidad de muchos, un nivel realmente europeo.

Nuestra reacción ante el nuevo invento táctico rojo debe de ser, por de pronto, acorralar a los sofistas y obligarles a definir las diferencias entre derecha y extrema derecha. ¿Cuál de las dos salvo a España en 1936?

 
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