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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 8, número 404 · Madrid, 25 septiembre 1971 · 20 páginas

 

¿Destino de la sociedad de este tiempo? ¡Pudrirse y disolverse en las cloacas del amoralismo comunitario!

Por A. Roig

Una ola galopante de inmoralidad, que hoy suele calificarse de «erotismo», «sexualidad», «desarrollo integro de la propia personalidad», «autenticidad», «madurez»..., está invadiendo la vida y el ambiente de la época que estamos viviendo, y a nivel mundial. Los medios de comunicación (prensa, radio, cine, televisión, espectáculos) están sirviendo —con meritorias excepciones— a este propósito aniquilador del orden moral, que es uno de los objetivos que hace años se propuso la masonería, consecuente con los enciclopedistas que la encumbraron.

Esta obra, propagadora del inmoralismo de las costumbres y del pensamiento, está cumpliendo con escrupulosa perseverancia las consignas que promulgó el 6 de septiembre de 1900 el Convento del Gran Oriente de Francia para las logias, a fin de que consiguiesen «los medios más eficaces para instaurar la influencia de las ideas masónicas sobre las mujeres», y es a través de la mujer, influida por la féminas masónicas, hacen concesiones a la libertad sexual, al control de la natalidad, a la difusión de las modas contrarias a la modestia elegante del vestir, a la invasión de la literatura pornográfica, las películas y obras teatrales inmorales, al amor libre, al divorcio y, en suma, a la obra sistemática y continua de una corrupción moral que ha llegado ya al extremo de la amoralidad por haberse perdido incluso la noción de lo que es moral o inmoral.

No falta tampoco en esta constante acción corruptora de las costumbres y de la mente la acción del anarquismo y de todos los marxismos de múltiple plumaje y pelaje. Es conocida la repulsa de Lenin hacia toda moral que pudiera recordar, de cerca o de lejos, al Decálogo. El primitivismo instintivo de los anarquistas y su amoralidad naturalista, ácrata, tampoco ha abandonado el campo de acción que le han señalado las logias.

En la memoria de todos está la intensa campaña que últimamente ha sufrido la opinión pública francesa con la extensa difusión del manifiesto firmado por las 343 mujeres en pro de la legalización y subvención del aborto (y declarando todas ellas haber abortado), que presentan como un pilar fundamental de la libertad femenina. Campaña de mujeres influidas por las ideas masónicoliberales o por la doctrina marxista, aunque carentes de problemas económicos.

Si trasladamos nuestro observatorio al campo de la cinematografía nos enfrentamos con la película «Morir de amor», en la que (con pretexto del «idilio» de un seguidor de «Che» Guevara, Christian Rossi, de diecisiete años, hijo de padres comunistas, con una maestra de treinta y tres años, divorciada y con dos hijos de nueve años, Gabriela Roussier, marxista-leninista) se expone en la pantalla un hecho verídico que es, sin atenuantes, la glorificación de la corrupción de un menor por su maestra. Resulta inconcebible que esta película haya merecido los elogios de la Televisión Española, aunque las victimas de esta pasión sean marxistas enfrentados entre sí para sustraer a Christian de la corruptora influencia de Gabrielle. Los comentaristas cinematográficos de los diarios españoles, salvo honrosas excepciones, han decepcionado notablemente en el caso de la película «Morir de amor». Porque tras una pasión perversa y verídica, con su suicidio Gabrielle Russier ha dejado además a dos hijos huérfanos y una amargura que hace estallar las lágrimas. Y esto, por lo visto, no cuenta para nada para el film del rojo Cayatte, que con su película —repito— glorifica la corrupción de un menor.

Ya ha aparecido en Francia con letras de molde la noticia de la posibilidad de que sea más tajante la censura cinematográfica. No ha faltado la contraofensiva haciendo suya la consigna de Voltaire: «Las censuras violentas acreditan las opiniones que quieren atacar.» Mientras tanto, el asunto ha quedado pendiente de resolución. Y siguen los escándalos.

También nuestra prensa ha hecho referencia a la película de Louis Malle «Le Souffle au Coeur». Su argumento trata nada menos que de la violación de un niño por su madre, y es presentada con un conjunto de escenas «eróticas» y perversas complacientemente exhibidas, incluida una escena de incesto. Una prueba de que estamos presenciando una disolución de las costumbres y los 111 valores morales es la aparición de la película —también de Louis ,0 Malle— «Les Amants», prohibida en Francia (1958) por su extrema perversidad, aunque hoy aparezca como un film de amor romántico por estar ya superado en el plano del amor físico. Total, una basura que el transcurso del tiempo ha hecho «más digestible».

Lo que prueba que la insensibilización ante la inmundicia va en aumento.

Este año 1971 ha sido también testigo de la aparición de la película «Viva la muerte», cuyo autor, Arrabal, mereció en su día la intercesión de' Lain Entralgo, Fernán y Ruiz-Giménez. Una de las escenas de la citada película consiste en que aparece una mujer exhibicionista, sentada encima de una silla, desbotonada desde el cuello hasta los pies y abierta por completo de piernas delante de un Crucifijo. ¿Cabe mayor sacrilegio y obscenidad? ¿Es tolerable esto en nombre de la libertad y la dignidad de la persona humana? Porque en Francia, «Viva la muerte» se exhibe con todos los requisitos y aprobaciones. Jacques Rivette, en 1967, con su película «La Religiosa», no se atrevió a tanto, a pesar de que mereció un calificativo de difícil transcripción en letras de molde.

En resumen, creo que en perversión y obscenidad cinematográfica no se puede llegar más lejos.

Mientras tanto, y en las mismas fechas, estalla el escándalo en una parte del mundo religioso de la comunión anglicana, que posee notable ascendencia social en varios países. Su autor, el obispo anglicano Fisher, transparenta clarisimamente la aceptación como legítimas de las relaciones sexuales prematrimoniales una vez que el novio y la novia manifiestan una voluntad decidida en contraer matrimonio. Así se legitimarían no pocas «relaciones a prueba». Y se conservaría la libertad de casarse o no casarse si la pareja no se compenetra. El lector puede calificar por sí mismo.

La oposición progresista de numerosos obispos, curas, religiosos y religiosas y asociaciones que se dicen «de apostolado» y se califican asimismo de «católicos de izquierda» a la encíclica «Humanae Vitae» es un testimonio más del estado de corrupción mental a que hemos llegado, casualmente (?) coincidente con las consignas que la masonería promulgó el 6 de septiembre de 1900 en el Convento del Gran Oriente de Francia para todas sus logias.

De las teorías y ejemplo del «amor prematrimonial» que las cajas de resonancia del progresismo vienen difundiendo tenemos el testimonio político-moral de la Bernardette Devlin, la diputado por el Mid-Usler, perteneciente al «Partido de los Socialistas Independientes», que ha revelado su debilidad humana en un desliz no tan raro en las hijas de Eva. Su maternidad y soltería han sido escandalosamente propagadas como un signo de rebeldía de la que, sin que acertemos el porqué, era calificada de «la nueva Juana de Arco». Al serle prácticamente imposible señalar al padre de la criaira, es natural que afirme que no piensa contraer matrimonio, pues )s riesgos de la «vida de tumulto y de barricada» y su vida aventurera y «libre» difícilmente pueden tener en una mujer socialistaprogresista-independiente distintas consecuencias. Al cronista le viene a la memoria, en este caso de la Devlin, a una prestigiosa artista francesa de últimos del pasado siglo y primeros del actual cuando afirmaba: «Quand on s’assied sur un buisson d’épines sait-on jamais celle qui vous pique?»

La Devlin no acepta la unión con Irlanda, porque «tiene un gobierno conservador» y además «porque la Iglesia de dublin autoritaria, absolutista y absorbente». Y para quien, como ella, tiene tan anchas tragaderas político-morales, esto es condenable. No admite la independencia de los condados del Ulster porque «ello no mejoraría los intereses del proletariado católico». Y además, con mentalidad marxista cuando buscan la confraternización con la tropa enemiga, para la Devlin, por lo que se refiere a la actitud represiva de los soldados ingleses, «los soldados están entrenados para eso y no se les puede pedir otra cosa». Esta inmoral, a la que se le rompió el cántaro por tanto ir a la fuente, tuvo la incalificable osadía en marzo y julio de 1969 de desacreditar ante el pueblo irlandés a la Iglesia Católica, acusándola de «falta de interés social en las luchas del Ulster».

Las diversas afirmaciones católicas de la Devlin —tan incongruentes por la formación marxista de quien las emite como por su filiación terrorista, y coincidentes con las de los hombres del I.R.A.— están hechas en función de aprovechar y desviar toda la fuerza de una masa proletaria sinceramente católica en beneficio del marxismo. Por eso, a la Devlin, por lo que respecta a su nacionalismo, bien claro da a entender —en contra de un 80 por 100 de sus seguidores— le repugna toda integración al Eyre, tanto, por lo menos, como pueda repugnarle al más patriota y puro de los ingleses. Típico detalle de escuela marxista ese de aferrarse a los centralismos, instituidos para evitar la formación de taifas fáciles de aplastar... Atrás queda, en la opinión de muchísimos católicos «integristas» y «tradicionales» franceses, para la señorita —y madre de una niña— Devlin aquella primera fase demócrata, católica y nacionalista. Es la misma muda de piel que hizo Fidel Castro en Sierra Maestra. No en balde la escuela es idéntica. Sin que nos sorprenda que el jefe de la I. R. A. reúna a su «soviet» en una escuela católica de Belfast. Las turbulencias callejeras prosiguen con toda violencia, mientras las unamunianas «tiorras» trasplantadas a la agitada Irlanda del Norte imitan a la Devlin en su «especial» signo de rebeldía. Aunque afortunadamente, en Irlanda la Jerarquía Católica, con sorpresa de no pocos, ha dicho lo que —dadas las circunstancias en su conjunto— debía decir: que no coincide ni con la inmoralidad ni con el socialismo de la Devlin.

Toulouse, septiembre de 1971

 
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