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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 8, número 369 · Madrid, 23 enero 1971 · 20 páginas

 

Consideraciones alrededor del proceso de Burgos

Por Pío Cardenal

Con motivo del proceso celebrado en Burgos contra unos terroristas vascos de la peor especie, se ha agitado de nuevo el cotarro internacional, y esta vez con una intensidad y virulencia hace tiempo desusadas. La jauría internacional a sueldo vuelve a dar señales de vida para inmiscuirse, una vez más, en nuestros asuntos internos que poco han de importarles. Mejor harían ocupándose de los propios, que, sin duda, andan peor que los nuestros.

La mentira como arma, la mala fe, las tergiversaciones ,ás inverecundas, las noticias tendenciosas y de toda laya, han tenido la mejor acogida en las planas más destacadas de la prensa llamada «libre» —libre de escrúpulos—, así como en los programas, incluso oificiales, de radio y televisión extranjeros.

Las bocas de ganso más ilustres, de fuera y de dentro, se abrieron del todo para verter los mismos conceptos turbios e idénticas vaciedades que en 1909. También han salido, para desdoro de tantas bellas ciudades, las mismas manifestaciones de mugrientos estipendiados, sonorizadas con idénticos gritos de arrabal. Las mismas organizaciones políticas de izquierda, profesionales del alboroto, han adoptado las mismas actitudes farisaicas que cuando el gobierno Maura se las mantuvo tiesas y procesó y ajustició a cinco terroristas, entre ellos a Francisco Ferrer Guardia, el H.: «Cero», grado 31 de la masonería. Tampoco han faltado a la cita los ataques al Ejército y a sus Tribunales, que han cumplido, como entonces, la alta misión de hacer justicia, concediendo a los acusados las máximas garantías que marca la Ley.

¿Con qué títulos pueden acusarnos los que condenaron a la última pena a Pierre Laval, sin oírlo? ¿Y los que, a modo de festejo por la «liberación» de Francia, en 1944, pasaron por las armas a ilO.OOO franceses por el solo delito de ser de derecha? ¿Pueden los franceses describirnos en qué forma se efectuó el proceso a M. Renault, el conocido fabricante de automóviles, gloria de la industria gala, apaleado en su celda de la prisión una noche tras otra, hasta causarle la muerte? «Vienen de noche», decía a sus familiares el pobre moribundo enloquecido.

¿Y los impecables anglosajones, tan llenos siempre de virtudes? Qué diferencia entre el proceso de Burgos sujeto a derecho, frente a la monstruosidad jurídica montada por ellos en Nuremberg, en la que se llegó al extremo de que una de las partes pudiera ser juez de la otra; donde se condenó con efecto retroactivo, como «criminales de guerra», a una serie de personas, muchas dignísimas, de acuerdo con una figura de delito que no existia en el momento en que ocurrieron los hechos; donde una de las partes —Rusia—, ocupante de Polonia de acuerdo con Alemania, acusaba a ésta, desde el estrado, por el «delito» que ella misma había cometido.

Los que han hecho tal befa de la justicia, ¿pueden dignamente atacar y noner en tela de juicio a nuestros dignísimos Tribunales, sean militares o civiles?

Nada nos causa sorpresa, porque nada es nuevo, sino de todos conocido que, desde la publicación del decreto de expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, que nos dio la unidad religiosa, hoy maltrecha, y desde el Descubrimiento de América, que situó a España en el primer rango entre los reinos europeos hasta nuestros días, cualquiera que haya sido su régimen, España no ha dejado de ser criticada, injuriada y escarnecida por las fuerzas del mal. De la leyenda negra iniciada en el siglo XVI al huracán de odio desencadenado con motivo del proceso de Burgos, hay una línea ininterrumpida de malquerencia, que nos acompañará siempre como la sombra al cuerpo. No se nos juzga por lo actual, y esto es importante, sino por los cuatro siglos de Santo Oficio, y esto, los hijos de las Tinieblas, no nos lo perdonarán jamás. Serán inútiles todos los intentos que se hagan por evitarlo. Hagamos lo que hagamos y digamos lo que digamos, la venganza y la mala voluntad nos perseguirán mientras España represente algo.

Las cosas están claras, hagamos oídos de mercader, hoy tan de moda, a lo que por fuera se diga de nosotros. Para el extranjero que así se porta, contestémosle con el desprecio a que son acreedores. Dediquémonos a arreglar nuestra casa y dejemos que ellos desarreglen la suya.

Frente a esta posición, la única digna que, a nuestro juicio, puede tomar un pueblo activo y viril, con conciencia de su destino, como el nuestro, está la de los pusilánimes y los peor dotados, vencidos de antemano, que sostienen, con los compañeros de viaje de la revolución, que el remedio está en la liberalización del régimen y de nuestras instituciones, en la apertura, el acercamiento o la integración política de España en la europa de «Le Monde» y de la Liga de los Derechos del Hombre, aun a costa de sacrificar sagrados valores que son patrimonio de nuestra personalidad. Se equivocan los aperturistas a las Internacionales, pues está probado que el camino de las claudicaciones conduce a la catástrofe.

Algunos pensarán que, de no actuar así, nos pueden tachar de nacionalista, vocablo horrendo en los días que corren, pero no es así, pues al fin y al cabo es un concepto o una «doctrina», como alh se dice, «made in U.S.A.» y, por tanto, perfectamente ortodoxa y defendible. En enero de 1920, el presidente de los Estados Warren G. Harding, sucesor inmediato de Wilson, expresó los sentimientos más profundos que desde hacia años animaban, y fumando en nuestros días, a la inmensa mayoría de sus compatriotas cuando declaró:

«Tengo en nuestra América tal confianza que hace inútil la reunión de un consejo de potencias extranjeras para indicarnos dónde se encuentra nuestro deber. Llamad a esto, si queréis, egoísmo nacionalista; por mi parte pienso que esto es una inspiración del fervor patriótico. ¡Salvaguardar a América, lo primero! ¡Pensar en América, lo primero! ¡Exaltar a América, lo primero!»

Si a este texto presidencial, verdadero evangelio nacionalista nunca formulado con más fuerza, le cambiamos la palabra América por la de España, podríamos suscribirlo todos los españoles de pro, y así confortados por una «doctrina» política tan impecable, como venida de América, y expuesta allí a bombo y platillo (incluso con anterioridad a la versión europea exteriorizada en una cervecería de Munich) por un presidente republicano, que por serlo es también demócrata —como todos los demócratas son también republicanos—, podemos proclamar asimismo nuestro deseo de aislamiento político, sin que se nos pueda motejar de ultras, extremistas o fanáticos, según costumbre de las agencias internacionales de noticias. con tan fuerte respaldo doctrinario se puede ser, sin desdoro alguno, nacionalista y aislacionista, piezas maestras del ideario político del partido ahora en el poder en el Imperio más importante del mundo de hoy y, acaso, del de mañana.

Así alentados, nosotros a cabalgar y ellos a chillar, y, cuando hayan enroquecido de tanto exceso antiespañol y se hayan enfriado por salir a manifestarse con tiempo tan inclemente como el que hizo en los días de Burgos, su pastillita y a la cama.

 
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