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¿Qué pasa? Semanario independiente

año 6, número 311 · Madrid, 13 diciembre 1969 · 24 páginas

 

La "Revolución cultural" de Mao, dentro de la Iglesia

Por A. Roig

El desmedulamiento doctrinal que en el seno de no pocas organizaciones y altas esferas católicas está llevando a cabo el progresismo enraizado en la Iglesia Reformada y Reformante Conciliar Ecuménica Vaticano Segunda sigue orientando sus propósitos de demolición y subversión conjuntas por las vías de la «Revolución Cultural». El marxismo está desarrollando a tal fin su «revolución cultural» aplicando sus métodos con una impunidad asombrosa. Podríamos comparar al mundo de hoy como a un recipiente; a la sociedad humana, como al agua, y al marxismo, como al fuego. Si se pone el el agua en el recipiente puesto sobre el fuego, ésta hervirá y se convertirá en vapor. Este es un hecho que se producirá indefectiblemente, por más que se sople, salvo que se quite el recipiente del juego, y esto no lo hace casi nadie. El fresco del soplo tan sólo podrá retardar, y por poco tiempo, el paso del estado líquido al gaseoso. De esta realidad física, la conjunción progresista-marxista saca la conclusión siguiente: hay que «calentar» —a través de los métodos de la revolución cultural y consiguiente trasvase ideológico— a la Iglesia y a la sociedad con ideas, influencias y hábitos marxistas, y llegará el momento en que el orden tradicional (el agua) inevitablemente se convertirá en una agitación marxista (el vapor). El punto de ebullición es lo que podemos llamar Revolución.

Bajo la influencia de este cambio de mentalidad que venimos observando, resulta posible que en el interior de las iglesias de Francia se venda el «Temoignage Chretien» abierta por la mismísima página que lleva por título «Lo que el comunismo espera de la Iglesia». No crean ustedes que el comunismo, a través de la publicación progresista citada, pide poco. En sus pretensiones está «que al mensaje de Jesús le sea devuelta su fuerza de ruptura», que «la piedad personal y la vida interior espiritual sean superadas por la dimensión histórica y social del amor». Para conseguir tales propósitos, «T. C.» expone que deben ser observadas tres exigencias concretas: 1) el reconocimiento de la autonomía de los valores humanos y de la acción; 2) dar cabida a la ambición «promethea» del hombre, concebida como una continua creación del mundo y del hombre por el hombre, y 3) la decisión clara de hacer posible la realidad del socialismo como condición de la expansión continua del mundo y del hombre para el hombre, como respuesta cristiana a los problemas de nuestro tiempo en el espíritu del mundo actual.

O sea, se alienta la instauración de la sociedad comunista en publicaciones «católicas» que se venden en las iglesias con la autorización de la Jerarquía. Así las cosas, ya no puede asombrarno que un cura, el abate Delpirou, pueda presentarse como candidato del extremismo del P.S.U. ante la «emoción» y la «sorpresa» que el reverendo Juan Bautista Delpirou ha «suscitado con esta candidatura» a los Monseñores Ilustrísimos y Reverendísimos Pierre de la Chanonie y Maurice Pourchet, Obispos de Clermont-Ferrand y de Saint-Flour, respectivamente.

Con curitas así, que lo son porque todo está ya permitido, no puede extrañarnos que el Abbé Verhaegen, Vicario en Saint-Gilleslez-Termonde, en la vecina Bélgica, y a muy pocos kilómetros de la frontera francesa, se niegue a abandonar la parroquia de donde ha sido destituido; no acabando aquí la cuestión, ya que, al acudir a Saint-Gilles-lez-Termonde semanas después, Monseñor Kesel, para confirmar a los niños de la parroquia de la localidad, muy mal las pasó el Prelado: fue agredido —golpeado— dentro del mismo templo mientras fuera era destruido su automóvil por las huestes católicomarxistas adictas al Vicario. Tuvo que requerirse la presencia de tres brigadas de la gendarmería, y a la Policía secreta, para libertar al Obispo y dispersar a los 300 amotinados. Después de esta premeditada agresión sacrilega (que no lo será para los partidarios de la desacralización), el Obispo de Gand entabló «diálogo» con el soliviantado vicario, a pesar de lo cual los ambientes progresistas siguen tratando a Monseñor Kesel y a Monseñor Van Petterghem de «reaccionarios» porque no han abdicado de su legitima autoridad, hecho éste inconcebible después del último Concilio, salvo tratarse del Abbé de Nantes.

La circular núm. 184 (S.O.S. FRANCE), del 1.º del pasado octubre, lanza su alarma ante la subversión que se está introduciendo en los monasterios. Mucho habían esperado los fieles —y siguen esperando— del monacato, pues los monasterios han sido —y deben ser— el último bastión de la pura doctrina, de la fe y de la caridad en los tiempos más atribulados, como durante el arrianismo, pongamos por ejemplo. En estos últimos tiempos hemos visto separar de su cargo a uno de nuestros mejores amigos, Prior de una Cartuja, porque era tradicionalista irreductible. Hace muy poco que la Sagrada Congregación de religiosos ha ordenado el cierre de un convento de Carmelitas que se obstinaban en no aceptar una reforma exactamente contraria a la reforma de Santa Teresa, de Ávila, y de San Juan de la Cruz. La reforma que propone el progresismo ya no es una actualización de métodos de apostolado: es una apostasia general que conduce a la destrucción y al caos. Cuando los monasterios ya no son baluartes de la pureza doctrinal ni de la estricta observancia, es que la abominación se está apoderando de la fortaleza.

Frente a la «revolución cultural» comunista instalada en el interior de la Iglesia; en contra de los Juan Bautistta Delpirou, candidatos a diputados del marxismo más rabioso; en oposición a las organizadas agresiones a Obispos, porque no quieren abdicar de su legítima jurisdicción; frente al avance da la apostasia que destruye los últimos baluartes de la Fe y la disciplina, no se reacciona con la debida entereza, y por este motivo los seminarios se vacían, las secularizaciones no cesan, la erotización está adquiriendo proporciones gravísimas. ¿Y qué decir de otros planos de la vida de los sacerdotes? El Nuevo Catecismo pone a Dios en el nivel del hombre, y a la Religión, en función de la evolución del mundo, oculta a la infancia las verdades reveladas más esenciales sobre la naturaleza humana después del pecado original, castigo en el Infierno a los pecadores no arrepentidos, el sacrificio redentor de Cristo perpetuado en la Eucaristía, y, en suma, al privarles a los niños de una moral objetiva, deforman la Fe de sus conciencias al despojarlas de sus elementos propiamente sobrenaturales.

Uno diría que se está viviendo la traición de los intocables, aupados por una conspiración del silencio de aquellos que están obligados a hablar, a gobernar, a luchar desde todos los ángulos contra la subversión en la Iglesia, etapa última de la guerra declarada a la verdadera civilización occidental.

No basta con soplar sobre la ebullición para, democráticamente, solo retardar la vaporización comunista. Desgraciadamente, en el orden táctico, son muchos los que desconocen el verdadero carácter de la subversión. Se limitan en no pocos casos a frenar el ritmo de la máquina revolucionaria en cuya puesta en marcha han contribuido no poco, y ahora se dan cuenta que sus discípulos les han aventajado, y pretenden frenarles y estabilizar a la Revolución. No abandonan sus propósitos reformistas y lamentan los frutos del reformismo, uno de los cuales es, sin duda alguna, la actual situación caótica de la Iglesia.

Desde estas tierras de la Francia cristiana asistimos a una de las más graves crisis que la Iglesia ha vivido en toda su historia, que ha surgido desde la muerte del gran Pío XII. El cisma, prácticametne, es una muy amarga realidad a la que sólo falta darle estado oficial. Frente a la «revolución cultural» incrustada en la Iglesia son no pocas las complicidades con el enemigo. Y, por parte de los «buenos» se acumulan con exceso los errores de táctica. Sólo nos queda confiar en que la Providencia Divina, movida por nuestra Fe y nuestra perseverancia, supla generosamente los fallos de los hombres.

 
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