NoduloDocumentos nódulo
nodulo.net/dn/

cubierta

¿Qué pasa? Semanario independiente

año 5, número 211 · Madrid, 13 enero 1968 · 22 páginas

 

Al pan, pan y al vino, vino

Por Francisco Fernández

En «SP» semanario (24-XII-1967) aparece una carta firmada por unos mutilados republicanos de nuestra guerra. En ella rechazan, molestos, la comparación que se hizo entre ellos y los colaboracionistas franceses. «Nosotros jamás traicionamos a nuestra Patria, mientras que un colaboracionista francés traicionó a la suya.» Seguramente el que combatía en las trincheras —por lo menos algunos de ellos— lo hacia por unos ideales patrióticos. Aunque esos ideales fuesen equivocados. Pero en los dirigentes de la zona roja hubo una auténtica traición a España y una total entrega a Rusia. Las declaraciones del coronel Casado, recientemente publacadas en «Pueblo», son clarísimas a este recpecto. Y por otra parte, llamar traidores al mariscal Petáin y a otros muchos ilustres patriotas franceses que colaboraron con él sólo puede hacerlo la ignorancia. No entro en si se deben conceder o no pensiones a los mutilados republicanos, aunque la desgracia siempre debe ser compadecida, y en su mutilación y en la derrota posiblemente pagaron ya con creces, unos, su ignorancia, y otros su maldad. Pero vistas las declataciones de algunos de ellos, aparte de una pensión, lo que también necesitan es una manual de historia.

«Pueblo» (23-12-67) publica con todo lujo de titulares una entrevista con el asesino de Eduardo Dato. En ella, Pedro Mateu cuenta sin la menor muestra de arrepentimiento su «hazaña». Después de leerla no se puede dejar de sentir repugnancia. No sé si habrá gente en España con un nivel intelectual y moral al que le guste ese sensacionalismo periodístico. Pero tales artículos reflejan al periódico que los publica y al pueblo al que se le dan.

Don Francisco Gil Delgado es canónigo de la catedral de Sevilla. Acaba de publicar un libro titulado «El matrimonio, problemas y horizontes nuevos», que a juicio del P. Javierre, prologuista de la obra, es el primer libro español que afronta estos problemas claramente. El P. Javierre es personaje conocido en estas cuestiones. Un artículo suyo publicado en un periódico de Vigo mereció una clara respuesta del obispo de la diócesis, fray José López Ortiz. A ella contestó Javierre con una carta en una revista que es modelo de lo que no debe ser escrito por un católico y, mucho menos, por un sacerdote. Así pues, conociendo al prologuista puede uno imaginarse lo que será la obra.

El diario «Pueblo», que es, entre nosotros, el más decidido propagandista de la «píldora», entrevista al canónigo de Sevilla. Ya, al referirse al divorcio, mantiene una tesis que es, por lo menos, dudosa. Sobre la «píldora» se coloca en total oposición a la doctrina de la Iglesia. Hoy por hoy, ha dicho Pablo VI, se mantiene la doctrina de Pío XII. O sea, la «pildora» está prohibida, aunque se está estudiando la cuestión. Hoy por hoy, dice Gil Delgado, la cuestión está dudosa y, por tanto, no obliga la prohibición de la «píldora». La contradición es evidente. El peligro para el pueblo fiel también lo es. Que un sacerdote, que además es canónigo, que cita en su apoyo a un obispo, diga en un periódico de gran tirada que se dirige sobre todo a las clases populares, que la «píldora» se puede usar en el matrimonio resulta inconcebible en una Iglesia como la católica, que tiene una jerarquía y, por tanto, una autoridad. Desde estas letras apelamos al señor arzobispo de Sevilla, de cuya catedral es canónigo Gil Delgado, y al señor arzobispo de Madrid, en cuya diócesis se ha publicado el artículo al que hacemos mención, para que oficialmente desautoricen las opiniones de Gil Delgado. Ellos son los que tienen que velar por la fe y por las costumbres del pueblo cristiano. De ellos es la responsabilidad.

Sor Clara es una monja belga y posconciliar. Sor Clara no se dedica a la oración, como tantas otras hermanas suyas, ni al cuidado de los enfermos, ni a la enseñanza de los niños. Sor Clara, según el diario «Ya», «es conocida en Bélgica por sus canciones, que la han hecho famosa» («Ya», 6-12-67). Los que alguna vez habíamos insinuado que el puesto de la monja no es el microsurco o la sala de fiestas fuimos tachados de integristas. Cuando Sor Sonrisa, también conocida cantante, abandonó el convento, nos cupo el triste consuelo de tener razón. Sor Clara «acaba de anunciar que ha pedido a las autoridades religiosas competentes permiso para volver al estado laico». Una vez más se confirma que la vocación religiosa no puede andar por el camino del mundo.

El diario «Pueblo» (2-12-67) publica un extenso reportaje titulado «Las monjitas ye-yé». Las «monjitas» pretenden «lograr un apostolado actual a través de la música moderna». Exactamente igual que sor Clara y que sor Sonrisa. Sólo se nos ocurre aquel viejo refrán castellano: «Cuando las barbas de tu vecino veas cortar...».

 
© nodulo.net